“Me preocupa la ‘mcdonalización’ asociada al boom de las impresoras 3D”

Tomás Díez, Fab Lab Barcelona

Tomás Díez tiene muy claro que en el futuro no fabricaremos objetos, sino que los “cultivaremos” mediante la instalación de programas en los materiales. Este especialista en urbanismo y fabricación digital dirige desde 2010 Fab Lab Barcelona, un centro ubicado en el Instituto de Arquitectura Avanzada de Cataluña (IAAC) que forma parte de un programa de investigación liderado por el Centro de Bits y Átomos (CBA) del MIT.

El objetivo de este programa es digitalizar la fabricación. Para entendernos, esto supone transformar códigos informáticos en objetos reales, todo gracias a un conjunto de máquinas que materializan aquello que hemos diseñado en la pantalla de un ordenador. Para muchos, este reto derivará en una nueva revolución industrial en la que se impondrá la producción de objetos de manera individual y personalizada. Será como tener una fábrica en casa, de tal modo que cada uno construirá a medida los artículos que necesite, aunque la filosofía del MIT detalla que esas creaciones deberían estar a disposición de toda la comunidad, con el fin de facilitar la vida a las personas.

Hasta que llegue ese momento, hoy en día hay repartidos por los cinco continentes más de 330 fab labs, unos centros que facilitan el acceso a la fabricación digital a todo el que lo desee.

La red mundial de fab labs tiene su origen en una asignatura impartida en el MIT por Neil Gershenfeld bajo el nombre “Cómo hacer (casi) cualquier cosa”. ¿Cuáles son los límites que establece ese “casi”?

Lo cierto es que en un fab lab ya podemos hacer prácticamente cualquier cosa y, además, de forma personalizada: desde un circuito electrónico hasta una casa. La gran diferencia está en que ni los diseños ni los productos son finales, porque evolucionan, así que esta fabricación habría que entenderla desde una nueva perspectiva y nunca hay que esperar que un fab lab sea un lugar donde se replica lo que ya se produce en la industria.

Algunas voces señalan que un fab lab es un paso intermedio de la revolución digital en el ámbito de la fabricación. ¿Cuál sería la meta final?

Hoy en día en los fab labs tenemos máquinas compradas con las que podemos hacer “casi” cualquier cosa. Incluso podemos hacer máquinas con esas máquinas, de tal modo que los fab labs serían autorreplicables.

La investigación va mucho más allá y pretende llevar las lógicas de Lego al mundo de la producción de los objetos que necesitamos, pero a escala subatómica. Se trata de poder fabricar, a partir del autoensamblaje, cosas que luego puedan ser desmontadas, de tal modo que nunca hay basura y siempre puedes construir algo más grande que lo que se creó al principio y con un error mínimo, como ocurre con Lego.

El fin último es tener materiales inteligentes que contengan código que pueda ser programado para construir cosas como lo hace la naturaleza, es decir, en un futuro no fabricaremos cosas, sino que las cultivaremos a partir de programas cargados en los materiales.

 Barcelona Fab Lab

Una vez que culmine esa revolución y se imponga la fabricación personal en casa o la individualización de la producción, ¿desaparecerán los fab labs?

El carácter social de la fabricación es fundamental, por lo que no creo que los fab labs desaparezcan, sino que se transformarán en centros colectivos de producción local. La tecnología es simplemente el medio y lo importante es el vínculo de las personas con su entorno, el cual pasará de ser una relación de oferta y consumo a una relación de producción y generación de soluciones locales.

¿Qué tipo de usuarios acuden hoy en día a estos centros?

Cada fab lab cuenta con una tipología de usuario distinta, ya que unos centros tienen un perfil más comunitario y otros son de un corte más institucional. Pero en conjunto, acuden desde niños de 6 años hasta jubilados de 70 y 80.

En el caso concreto de Fab Lab Barcelona, entre nuestros usuarios tenemos sobre todo arquitectos y diseñadores, aunque durante los últimos años ha crecido más la comunidad de programadores e ingenieros. Sin embargo, no existe un requerimiento de profesión, ya que nuestra filosofía no se basa en currículos engordados, sino en ganas de hacer y compartir.

“Compartir”, “comunidad”, “colaboración”… ¿Se recalcan mucho estas palabras dentro de vuestros centros?

Así es. Un fab lab es mucho más que un espacio con máquinas. Es una red de personas que comparten una filosofía respecto a la fabricación personal y colaborativa y que no solo impulsan el uso de la tecnología en torno a objetos, sino que también producen nueva tecnología con una visión de futuro sobre la fabricación digital.

Nuestros principios aparecen recogidos en el Fab Charter, pero a grandes rasgos podríamos decir que pretendemos facilitar el acceso a las tecnologías de fabricación digital e impulsar la investigación para revolucionar la forma de producir los objetos que facilitan la vida a los seres humanos. Accesibilidad, código abierto, colaboración, libertad de creación y ética – por más amplio que sea este término – son algunas de las claves de estos principios.

Gracias a ello, en los más de diez años de la red mundial de fab labs se han desarrollado sobre todo proyectos con una filosofía abierta, social y que además comunican el espíritu de lo que hacemos. Hay iniciativas en ámbitos como la salud, la movilidad, las infraestructuras, la ecología, la agricultura, la arquitectura o el diseño.

 Fab-1a

¿Cómo ha cambiado la percepción de un fab lab por parte de la ciudadanía desde que empezó a hablar con mayor frecuencia acerca de la impresión 3D y la fabricación aditiva?

Es difícil concretarlo, pero creo que además de la irrupción de la impresión 3D hay muchas más razones para que los fab labs se estén popularizando como lo están haciendo. De hecho, si analizamos los últimos diez años, podemos ver que entre 2002 y 2004 surgieron los primeros fab labs; en 2004 aparecieron al mismo tiempo Facebook, Arduino y RepRap; en 2005 nació YouTube; Twitter en 2006… Hay toda una serie de acontecimientos que están relacionados con el hecho de tener acceso a herramientas para convertirnos en productores tanto de contenido digital como de objetos y dispositivos que tienen una vida en el mundo físico.

Por lo tanto, se está produciendo un cambio de mentalidad en torno al acceso a la tecnología y al uso de la misma ya no solo como un instrumento de consumo, sino además como un medio para solucionar necesidades o para construir otras herramientas.

Lo que sí me preocupa es la “mcdonalización” asociada al boom de las impresoras 3D porque puede parecer que las cosas salen por arte de magia de una caja negra. Por lo que he visto principalmente en los medios, se está creando una mitificación alrededor de una especie de máquinas de hacer churros controladas por ordenador.

En este contexto, me gusta mucho una analogía que hace Neil Gershenfeld al hablar de la expectación actual sobre las impresoras 3D, una situación que compara a la que vivimos en la década de 1950 en torno a los hornos microondas, cuando se decía que llegaban para sustituir al resto de la cocina. Gershenfeld viene a decir que los microondas son convenientes, pero necesitas el resto de la cocina para hacer platos más complejos. Así que si una impresora 3D fuese un microondas, un fab lab sería toda la cocina.

Sin duda, la fabricación aditiva es un complemento importante para el resto de actividades generadas en un fab lab, pero su magia ahora mismo no está en el proceso, sino en los materiales, en sus capacidades y, sobre todo, en el origen de los mismos.

 Barcelona Fab Lab

En el verano de 2013 se creó fablab.io, una plataforma diseñada en el Fab Lab Barcelona en colaboración con la Fab Foundation, que hasta entonces coordinaba desde Boston la adhesión de nuevos centros a la red mundial de fab labs. ¿Qué papel juega esta nueva plataforma?

Siempre hemos tenido un dilema en torno a la “certificación” de un fab lab, ya que hay intereses muy variados para ser reconocido como tal, así que desde Barcelona pensamos en desarrollar nuevas formas de llevar a cabo este proceso. Yo me encargué de la idea y la estrategia de esta nueva plataforma, mientras que John Rees, un compañero de Fab Lab Barcelona, la programó y diseñó.

El resultado es fablab.io, lanzada en colaboración con la Fab Foundation y el CBA del MIT. De este modo, hemos evolucionado de tener una lista centralizada en Boston a tener una plataforma que permite hacer una gestión distribuida de la red y, lo más importante, desarrollamos las herramientas para que esta red intercambie conocimiento, proyectos, eventos y programas; y para que además potencie la comunicación entre sus miembros y espacios.

Ya hay 330 fab labs registrados en fablabs.io y tenemos una lista de espera de 50 más.

Entonces, ¿cómo es actualmente el proceso de certificación de un fab lab?

El proceso de adhesión es informal, y no lineal, así que hay unos requerimientos que pueden cumplirse en diferentes fases temporales. Desde fablabs.io hacemos que los centros sean aprobados por la Fab Foundation en un trabajo coordinado en el que también participan otros fab labs más antiguos.

De entrada, un fab lab debe tener un mínimo de equipos para fabricación digital: cortadora láser, máquina CNC para fabricación de circuitos, impresora 3D, equipamiento de medición en electrónica, máquina CNC para fabricación en gran formato…

Además, pedimos que se adhieran al Fab Charter, la declaración de principios; que sus miembros sean entrenados en la universidad mundial Fab Academy; y que asistan a las conferencias mundiales anuales de fab labs.

Precisamente, Barcelona acogerá del 2 al 8 de julio FAB10, la décima conferencia internacional de fab labs. ¿Qué asuntos se tratarán en esta convocatoria?

El lema de FAB10 es “From fab labs to Fab Cities”, lo cual supone el lanzamiento de un nuevo modelo de ciudad productiva y autosuficiente a partir de la revolución digital en la fabricación.

En concreto, FAB10 está organizado en tres temas:

Ciudades productivas: las ciudades tienen que recuperar su capacidad de producir cosas, lo cual reduciría tanto la dependencia tecnológica de otros países como las emisiones de combustibles contaminantes por transportes, al mismo tiempo que aumentaría los puestos de trabajo. Estamos entrando en un proceso de reindustrialización a partir de las nuevas tecnologías, más limpias y accesibles.

Comunidades emergentes: la nueva dimensión tecnológica ha hecho que nos planteemos cómo nos organizamos como sociedad. La economía colaborativa y abierta, el trabajo compartido y el poder del crowd es fundamental en esto. La fabricación digital hace poderosas a las personas y esto cambia la percepción de su rol dentro de la sociedad.

Fabricación digital: hoy en día estamos en los primeros días de lo que será el catalizador de los próximos años en el funcionamiento del mundo. Los ordenadores han cambiado nuestras vidas, Internet también, y ahora es el turno de la fabricación digital. Los fab labs son el embrión de lo que será esto en los próximos 50 años.

José Ángel Plaza

Equipo de Transformación de PRISA

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