No deberíamos olvidar nuestro derecho

phone in the child hand

Imagina el regalo de cumpleaños de un niño de nueve años: un smartphone con tarifa plana de datos. Sus padres se han preocupado de instalar un programa de filtrado de contenidos y han configurado el buscador más habitual para evitar visitas a páginas no deseadas. Ellos son muy activos en distintas redes sociales y comparten información sobre su día a día con sus contactos, por lo que no les parece mal que su hijo lo haga con niños de su edad. Están dispuestos a consentir su uso; total, si no, puede mentir sobre su edad.

El niño publica unas fotos con cara de malo quitándole las alas a una mosca. Quiere dejar claro entre sus compañeros y contactos que es un malote; nunca se sabe quién puede acabar siendo víctima del ciberbullying. Esa foto queda etiquetada y forma parte de su biografía, además de haber sido compartida. Su identidad digital es tan temprana que forma parte de él y será difícil que se desvincule de ella en lo sucesivo.

gatito_del Peso2Años más tarde, al intentar adoptar una mascota a través de una asociación de defensa de los animales, le dicen que no cumple los requisitos para ser un buen adoptante, sin dar muchas explicaciones. Entre los miembros de la asociación corre el rumor de que tiene antecedentes de maltrato animal: uno de ellos ha estado investigando su perfil en la red para ver si era de fiar. Parece que la consecuencia no es muy grave, pero esa mascota era tan mona… ¿Quién iba a pensar que aquella publicación tendría consecuencias?

El derecho al olvido en la década pasada podía hacernos pensar en el título de un tango, sin embargo, se trata de un derecho ya recogido por una norma jurídica: el Reglamento Europeo de Protección de Datos. No se reduce a limitar la difusión de datos personales en los buscadores de Internet cuando la información es obsoleta o ya no tiene relevancia ni interés público. A partir de mayo de 2018, en que será de aplicación dicha norma, este derecho nos protege, entre otras cosas, de nosotros mismos o al menos de los actos realizados en la red durante nuestra infancia.

Es lógico pensar que una información voluntariamente compartida pueda ser posteriormente retirada, sin embargo, una vez hecha pública es difícil controlar su difusión en la red y también podemos enfrentamos a derechos de terceros, como la libertad de expresión y de información, o los de la entidad a la que hemos cedido esos datos, la mayoría de las veces, sin tener muy claro en qué condiciones. Habrá que ver qué les pasa a aquellos que aceptaron vender su alma a Gamestation cuando el día de los inocentes así lo especificó en sus cláusulas contractuales.

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Un niño puede publicar información sin ser consciente de sus consecuencias y, por eso, es común escuchar que los menores deben recurrir a sus padres para que les aconsejen sobre el tipo de información que no conviene facilitar en Internet. ¿Qué pasa entonces con la información colgada por sus padres? Es habitual la difusión de abundante material sobre hijos en redes sociales, sitios web para compartir fotos y vídeos o aplicaciones de mensajería instantánea, por lo que, a veces, perteneciendo a unas cuantas redes sociales se puede trazar la historia completa de muchos nativos digitales. ¿Qué pasaría si tus padres se niegan a retirar esa información? Ese caso se está dando en Austria, donde una mujer ha tenido que denunciar a sus padres que se negaban a retirar de Facebook fotos que le han tomado desde pequeña, en las que aparece en momentos íntimos y que llegaban a avergonzarla al haber sido compartidas sin aplicar filtros de privacidad.

Es bueno que exista la regulación, aunque recurrir a ella debería ser una opción residual frente a la prevención. A estas alturas, decir que es conveniente leer las condiciones que aceptamos cuando nos ofrecen un servicio no sirve de mucho. No quiero decir que no sea necesario, simplemente no se hace. Pero, cada vez más, estos servicios, y sobre todo las redes sociales, incluyen opciones de privacidad que nos permiten ocultar nuestro perfil a buscadores, impedir que etiqueten nuestras fotos, restringir nuestras publicaciones a determinados destinatarios, y es fácil encontrarlas. Sin embargo, solo las usaremos si realmente valoramos nuestra privacidad y la de los demás. Ese es el reto al que nos enfrentamos y que depende de cada uno:

• ¿Qué tipo de información quiero compartir?

• ¿A quién se la quiero facilitar?

• ¿En qué cantidad?

• ¿Se refiere solo a mí o también a otros?

Son decisiones personales que, según hemos visto, pueden afectar a terceros y en las que influye mucho la percepción que sobre este tema nos transmita la sociedad en su conjunto. Compartir información no es malo y las tecnologías nos ofrecen medios hace poco inimaginables, pero, como en todo, es el abuso lo que nos puede llevar a situaciones no deseadas. Como es difícil valorar hoy las consecuencias de mañana, ahora podemos contar con nuestro derecho al olvido.


MarDelPeso

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Mar del Peso Ruiz
Abogada en IEE Informáticos Europeos Expertos

1 Comentario

  • avatar Nuria 26 octubre, 2016

    Gracias por tu artículo, Mar. A veces se nos olvida la importancia que tiene la privacidad de nuestros datos y, sobre todo, los datos de terceros (esos terceros, efectivamente, pueden ser nuestros propios hijos). Como siempre, hay que usar las nuevas tecnologías con cabeza.

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